
Ya vamos camino a Paillaco, despidiéndonos de Villarrica. Anoche tocamos antes de Paralamas y fue un concierto terriblemente rico, con miles de personas al frente de nosotros. La noche anterior habíamos estado en Bucalemu, en donde el escenario era más pequeño, pero la gente se lo gozaba todo. A pesar que había harta gente, igual se dio ese ambiente íntimo y hubo caleta de onda con los cabros de la sexta región.
Tuvimos la suerte de tocar ahí, porque no en todos lados existe la posibilidad de tener al público tan cerca, de manera que se pueda compartir la energía que transita entre arriba y abajo del escenario, como una muestra concreta de afectos y confianzas. Después de eso, nos correspondía pasar unas 12 horas arriba del bus. Viajamos toda la noche para llegar a Villarrica a eso del mediodía, con un día espectacular y con el escenario a la orillita del lago, el volcán atrás y toda la mística que se puedan imaginar. Durante el día nos dedicamos a reponernos del largo viaje, así que nos repartimos entre el sueño unos y piqueros los otros.
Y en la noche, a prender a la gente de Villarrica desde ese maravilloso escenario. Era un mar de personas, más de diez mil almas coreando y bailando nuestras canciones, y nosotros poniendo todo el corazón arriba del escenario, como siempre. Cerramos nuestra participación en Villarrica y bajamos del escenario entre los aplausos de la gente bella y su petición de que regresáramos. Después vino el gran show de Paralamas, con un sonido espectacular y una presentación que iluminaba la noche de los enamorados, que remató con fuegos artificiales y todo el cuento. Nosotros nos quedamos con el cariño de la gente. Fueron tremendamente cariñosos con nosotros, como lo han sido todos a lo largo de toda esta gira. Y para nosotros es muy importante el cariño de la gente, que provoca que vayamos inundándonos de fe y de ganas para seguir haciendo nuestro trabajo con el alma depositada en cada nota que tocamos.
